sábado, 24 de diciembre de 2016

13 Motivos por los que odio las fiestas

1. La hipocresía de la gente. Enfrentémonos a la verdad de una vez por todas: todo el mundo las odia, pero nadie lo quiere admitir. Es igual que el cuento del rey desnudo, todo el mundo lo piensa, pero nadie lo quiere decir para no quedar mal.

2. La obligación de celebrar. Si decís que no estás de humor para celebrar por el motivo que fuera, sos el grinch de las fiestas. No entiendo la razón de tener que estar contento sin motivo.

3. La desorganización crónica. No hay manera de ponerse de acuerdo con tus familiares sobre dónde las van a pasar y con quién, y que todos queden satisfechos. Después estas obligado a brindar y festejar con la mismas personas con las que antes discutiste. Es completamente ridículo. 

4. La pelea de todos los años con tu pareja. Motivos hay muchos, pero el principal siempre va a ser donde se pasa cada fiesta y con quién. Después te podes pelear por quién se ocupa de comprar los regalos, quién gastó más plata, quién no cumplió con todo a tiempo, etc. Motivos para pelearse sobran, en cambio motivos para festejar, sólo porque te obligan. 

5. El consumo desmedido. Cada año tenés que gastarte el aguinaldo (los que lo tienen) y parte del sueldo en comida y regalos. Después quedás en números rojos, y ni siquiera por algo que disfrutaste. 

6. El trabajo que da. ¿A quién le puede gustar correr de un negocio a otro entre el mar de gente que te golpea con sus bolsas y paquetes, y a 35 grados? ¡Y encima después tenés que ir a cocinar con esos 35 grados, pero esta vez con las hornallas y el horno prendido! Si me gustara traspirar a propósito haría aerobics o bikram yoga. 

7. La comida incomible. Tenés para elegir: el pan dulce lleno de frutas abrillantadas (que nadie quiere comer), las almendras con chocolate (que se derriten antes de que puedas probarlas), o esos turrones horrendos (que quedarán de adorno en la puerta de la heladera hasta que se conviertan en piedra). 

8. La decoración espantosa. Lo bueno es que sólo se usa una vez al año. Lo malo es que se usa más de un mes seguido (¡Y nunca falta el desubicado que deja la decoración navideña hasta abril!). 

9. La exacerbación religiosa. Si declarás que sos ateo, judío, musulmán, pastafario o de cualquier religión que no celebre las malditas fiestas, te miran como si les hubieras dicho que te gusta sacrificar vírgenes (o cabras a falta de ellas) sobre un altar invocando a Belcebú. 

10. Los accidentes que se podrían evitar. Y eso incluye a los imbéciles que salen a manejar borrachos, los idiotas que meten manos y ojos cerca de pirotecnia de dudosa procedencia, y los despistados que se rompen dientes por tratar de comer esos turrones de piedra (que anda saber hace cuanto tiempo que están en la heladera). 

11. Los espantosos programas navideños. Como si la televisión no fuera de por si una bazofia, te enchufan estas películas horrorosas que nadie quiere tragarse: Mi pobre angelito, El regalo perfecto (debe ser la película que más odio de Schwarzenegger) o Los fantasmas de Navidad atacan a Bill Murray. 

12. Las costumbres extranjeras. ¿Por qué los obligan a esos pobres tipos a disfrazarse de Papá Noel a 35 grados? ¿Por qué comemos comidas que son más propias del invierno que de nuestro verano? ¿Por qué copiamos costumbres que acá no tienen sentido? 

13. La maldita pirotecnia. Cuando era chica la disfrutaba. Ahora sé que hace sufrir a chicos y adultos con autismo, y también a los animales. Y encima muchos terminan con quemaduras serias y peligrosas por comprar pirotecnia ilegal o por no saber manejarla con responsabilidad. 

Si tuviera plata durante las fiestas haría un crucero por el caribe. Como no tengo, me conformaría como poder pasarlas en el sofá de mi casa, en pijama, comiendo hamburguesas con papas fritas, viendo un maratón de TruTV, con el ventilador al mango. No tengo nada en contra de ver a mi familia. Que vengan con bebidas frías y les hago un lugarcito en el sofá. Pero más de eso no me pidan, estamos en diciembre, y hace demasiado calor para festejar de otra manera. 



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