sábado, 4 de marzo de 2017

Batallas por pelear

En el post Bienvenidos al país de Laura, de Julio de 2016, afirmé que enfrentar una discapacidad no es como viajar a un país en guerra. Ahora ya no estoy tan segura como lo estaba al momento de escribir eso. 

Cuando me dí cuenta que Laura empezó a poner sus ojos sobre mí, aunque fuera sólo por unos segundos, sentí que era una batalla ganada. Que esos segundos se iban a ir estirando cada vez un poquito más. Y así fue. La nuestra es una batalla que no se gana en grandes combates, sino con pequeñas conquistas que se suman día a día. Es agotador, pero también me ayuda a renovar la esperanza.

Pero esa no es la batalla más difícil de pelear. Hay otras peores. Las batallas más difíciles, las que ponen a prueba toda mi disciplina, son las que tengo que enfrentar cuando me cruzo con individuos prejuiciosos, ignorantes, carentes de empatía o de respeto por los demás. Hay mucha gente que cree que tiene razón sólo por insultar, gritar o ser más violento, o que puede imponer su ideología sin usar argumentos válidos o sólidos. A veces me da miedo estar viviendo el proceso de desevolución que muestran en la película Idiocracia, donde cada generación se vuelve más estúpida que la anterior. Otras veces siento que soy un pobre, triste y cansado Quijote enfrentándose a terribles gigantes. 




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